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Cómo Llegamos a Comer Sin Parar
De la escasez impredecible a la abundancia constante

Durante miles de años, comer no fue un hábito frecuente, sino un evento incierto. No había refrigeración, transporte eficiente ni cadenas de suministro. La comida dependía del clima, la temporada y el esfuerzo. A veces aparecía, a veces no. Poblaciones enteras vivieron —y muchas murieron— bajo esa realidad. El problema no era comer demasiado, sino no comer.

En ese mundo, nadie comía varias veces al día por elección. Simplemente no era posible. La vida seguía, con o sin comida. El cuerpo humano se desarrolló en ese contexto: largos periodos sin ingerir alimento no eran excepción, eran parte normal de la existencia.

Con el tiempo, todo cambió. La industrialización, el transporte y la refrigeración hicieron que la comida dejara de ser incierta. Pasó a ser estable, luego accesible y finalmente omnipresente. Hoy, el alimento no solo está disponible: sobra. Tiene fecha de vencimiento porque hay más del que se necesita en cada momento.

Esa abundancia creó una nueva lógica. La industria produce en volumen y necesita que se consuma con frecuencia. Comer dejó de ser una respuesta a la falta y se convirtió en una reacción a la disponibilidad. Se come porque está ahí.

Y así, casi sin notarlo, se instaló una idea completamente nueva en la historia humana: que comer seguido es normal, e incluso necesario.

Pero esa normalidad no viene del cuerpo. Viene del entorno.